Las cosas del cajón
Hay cajones que ni siquiera sabemos que tenemos. Las vueltas a las cosas y los espacios habituales no cuestan; esa nueva verdad dogmática que aconseja recetas de todo tipo para plantearse el regreso al tajo con tranquilidad, parsimonia, retranca y hasta tratamiento médico (o veterinario, según la especie) sirve para dos cosas: llenar páginas y alimentar frustraciones.
Nuestras vidas asumen el paso del tiempo y de las decisiones con rutina normalmente y rara vez con vértigo. Ambas sensaciones son buenas. No falta en ellas nada de lo que resulta esencial. Las personas que, como casi todas, se hayan puesto de nuevo el traje de faena en estos días se dedican a seguir estando como un día cualquiera, porque es un día cualquiera, todas las jornadas que se levantan para hacer sus tareas normales. Los nenes disfrutan aún de un tiempo extra que ya empieza a oler a lápiz nuevo. Pero la gente no sufre síndrome post-vacacional ni terremotos existenciales que comprometan seriamente lo que hacen, lo que piensan o lo que sueñan. Al fin y al cabo, se trata de eso: de seguir viviendo.
Una de las cosas que hago en estas temporadas es reordenar. Pongo cosas donde deben estar y encuentro muy descolocadas otras cuantas que sitúo nuevamente en su lugar, sin saber muy bien si alguna vez estuvieron ahí. Es un orden peculiar, bastante desordenado - podría decirse. Seguro que a muchos nos pasa igual, ya que no somos demasiado originales permanentemente: cuando ordenas, reordenas y desordenas, encuentras papeles o fotos o trozos de algo que te trasladan al instante en que acontecieron y esa es una experiencia grata que te reconforta, te hace reír, llorar, te avergüenza, te sorprende o te relaja, dependiendo de lo que se trate. No son sólo recuerdos, que también, sino pedacitos de vida que están en los cajones que ya hace que no miramos.
Pero además soy un poquito raro. Cuando ordeno, o desordeno, que es casi lo mismo en mi caso, suelo dejar algún cajón libre o muy poco cargado. No sé muy bien para qué puede servir y normalmente se llena rápido, sin mucho criterio previo. Dura unos días casi vacío: luego, la vida, ya sea en su versión rutina o en su infrecuente versión vértigo, lo engulle.
Esa es mi terapia cortita: saber que los cajones se llenan. Tengo varios que reordeno pero siempre hago que uno quede para que cuando pase otro año, al desordenarlo, me sorprenda. Las cosas de los cajones importan todas. Hasta las que aún no están.
sábado, 18 de octubre de 2008
lunes, 28 de julio de 2008
LO QUE HEMOS VIVIDO
Lo que hemos vivido
¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando comencé a escribir en este espacio abierto que me brindaron. Más de un año de letras compartidas, apuros sostenidos, ilusiones vanas y reflexiones insinuadas. He participado lo que me ha ido ocurriendo en este tiempo pero sobre todo lo que me ha ido sugiriendo. La vida es lo que es, sin más. Y sin menos.
Lo que hemos tratado juntos ha sido una excusa. En realidad, cualquier asunto habría cabido y de hecho así ha sido. He sostenido posiciones propias, subjetivas, parciales y personales. Unas veces han coincidido con muchos y otras, seguramente las más, con muy pocos. En fin, como las cosas que nos pasan y lo que sentimos es lo único que realmente nos pertenece y no me presento a un concurso de popularidad, no es muy trascendente, en verdad no lo es en absoluto, que exista un nivel de conexión alto entre lo que se escribe, lo que se percibe y lo que se convence. Tampoco era esa la finalidad.
Ahora llega otro tiempo que me ocupará en la desocupación. Volveré a leer sin más pretensión que disfrutar con lo que lea. Alimentaré mi cabeza con el repaso de lo hecho y la ilusión por lo venidero. Escribiré lo que no publico y se queda guardado en cualquier cajón porque me desnuda más de lo preciso y ruboriza a propios y ajenos, que sin ropa pierdo mucho. Contemplaré lo que ocurra a mi alrededor y seré observado, supongo, porque estaré en los alrededores de otros. Caminaré por el campo, me quemaré con la arena de la playa, pasaré noches en vela porque el calor no me deje dormir, hablaré hasta por los codos, festejaré sin motivo aparente…viviré, que ya merece la pena.
Por encima de lo que voy a hacer y de lo que no haga, por falta de tiempo o ganas, estoy deseando ladrar. Es lo que mejor hago. Este faldón de periódico de página par tiene un nombre que ya expliqué. Laura se lo puso sin querer años antes de que viera la luz y Andrea se ha sumado a su desarrollo con el entusiasmo de ir haciéndose mayor. Lo que he vivido, y lo que me resta, tiene un objeto esencial: que estén bien, que lo sigan estando, que estén mejor. Todo lo que pienso, lo que hago, lo que siento y lo que aspiro, todo lo que peleo lo planteo en función de que mis nenas se encuentren esto mejor que yo lo encontré. Conseguirlo es cuestión de suerte pero intentarlo es una obligación.
Ladrar con ellas es jugar conmigo. Lo que hemos vivido es el preludio de lo que nos queda por vivir. Si nos vuelven a dejar, nos leeremos. Hasta entonces, ladraré con mis chiquillas, que ellas me disculpan la insolencia.
¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando comencé a escribir en este espacio abierto que me brindaron. Más de un año de letras compartidas, apuros sostenidos, ilusiones vanas y reflexiones insinuadas. He participado lo que me ha ido ocurriendo en este tiempo pero sobre todo lo que me ha ido sugiriendo. La vida es lo que es, sin más. Y sin menos.
Lo que hemos tratado juntos ha sido una excusa. En realidad, cualquier asunto habría cabido y de hecho así ha sido. He sostenido posiciones propias, subjetivas, parciales y personales. Unas veces han coincidido con muchos y otras, seguramente las más, con muy pocos. En fin, como las cosas que nos pasan y lo que sentimos es lo único que realmente nos pertenece y no me presento a un concurso de popularidad, no es muy trascendente, en verdad no lo es en absoluto, que exista un nivel de conexión alto entre lo que se escribe, lo que se percibe y lo que se convence. Tampoco era esa la finalidad.
Ahora llega otro tiempo que me ocupará en la desocupación. Volveré a leer sin más pretensión que disfrutar con lo que lea. Alimentaré mi cabeza con el repaso de lo hecho y la ilusión por lo venidero. Escribiré lo que no publico y se queda guardado en cualquier cajón porque me desnuda más de lo preciso y ruboriza a propios y ajenos, que sin ropa pierdo mucho. Contemplaré lo que ocurra a mi alrededor y seré observado, supongo, porque estaré en los alrededores de otros. Caminaré por el campo, me quemaré con la arena de la playa, pasaré noches en vela porque el calor no me deje dormir, hablaré hasta por los codos, festejaré sin motivo aparente…viviré, que ya merece la pena.
Por encima de lo que voy a hacer y de lo que no haga, por falta de tiempo o ganas, estoy deseando ladrar. Es lo que mejor hago. Este faldón de periódico de página par tiene un nombre que ya expliqué. Laura se lo puso sin querer años antes de que viera la luz y Andrea se ha sumado a su desarrollo con el entusiasmo de ir haciéndose mayor. Lo que he vivido, y lo que me resta, tiene un objeto esencial: que estén bien, que lo sigan estando, que estén mejor. Todo lo que pienso, lo que hago, lo que siento y lo que aspiro, todo lo que peleo lo planteo en función de que mis nenas se encuentren esto mejor que yo lo encontré. Conseguirlo es cuestión de suerte pero intentarlo es una obligación.
Ladrar con ellas es jugar conmigo. Lo que hemos vivido es el preludio de lo que nos queda por vivir. Si nos vuelven a dejar, nos leeremos. Hasta entonces, ladraré con mis chiquillas, que ellas me disculpan la insolencia.
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lunes, 21 de julio de 2008
DE LOS PRINCIPIOS (O NO)
De los principios (o no)
Manifiesto que escribo desde el gusto personal por la belleza, sin introducirme en otros campos que exigirían un análisis más profundo. Por aquello de la belleza, entendida en el sentido clásico: lo bello es lo que visto gusta. Me gusta esta vida que da pasajes de viaje mental que me han fascinado. De los cuentos que cuento con sus personajes.
Su trama establecida sin complejos, su tiempo - en ocasiones maloliente y sórdido y, en otras, tierno y sensible - nos sitúa entre el retraso y un disfrazado progreso de un mundo en cambio a velocidad de vértigo, desde el ascenso social a las caídas rotundas
Me fascina el relato del ascenso de la buena gente, una gente real con arañazos morales y dificultades ocasionales de honestidad, como en el fondo somos todos. Tienen lo que muchos otros: contradicciones y sueños y la absoluta suerte de vivir segundas y terceras oportunidades. Su ciclo vital respeta incluso la corrección externa de las vidas de otros que se quedaron sólo en la primera oportunidad, y hasta sin ésa.
Huyo consciente de relatar relatos. Defiendo mi gusto por sobrevolar los pastos y esa distancia se convierte en una excusa para hablar de los verdaderos protagonistas: las gentes que hacen las cosas lo mejor que pueden. Defiendo mi opinión sobre los asuntos en que me fajo para intentar cambiar algunos puntos oscuros que no me convencen. Defiendo esa dosis de ingenuidad que hace que vivamos lo que nos ocurre con una sorpresa permanente. Defiendo que seamos menos adultos, de vez en cuando, para ver los colores definitivos con la madurez genuina de los nenes. Defiendo que es bueno alterar la música que nos ponen, que hay que relativizar lo absoluto y darle ese valor a lo relativo.
Vivir con pasión es un ejercicio aconsejable. Medirse en las pozas calmadas resulta demasiado aburrido. Descender un río de montaña tiene sus riesgos, no lo niego, pero dónde acaban los que lo empiezan: terminan en el mismo remanso que los tranquilos que llegan andando. Pero sonríen más.
Un conocido chamán, o gurú o lo que sea, me ha dicho últimamente que tenga cuidado con lo que sueño, no vaya a ser que lo consiga. No hay enemigo pequeño en esta sociedad discreta. La función del alma radica en su entrega, es esa parte que te toman cuando por primera vez tus hijos te cogen el pulgar.
Se puede sorprender quien lo lea pero confesaré que soy marxista. Como Groucho, que ése es mi marxismo, estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros.
Manifiesto que escribo desde el gusto personal por la belleza, sin introducirme en otros campos que exigirían un análisis más profundo. Por aquello de la belleza, entendida en el sentido clásico: lo bello es lo que visto gusta. Me gusta esta vida que da pasajes de viaje mental que me han fascinado. De los cuentos que cuento con sus personajes.
Su trama establecida sin complejos, su tiempo - en ocasiones maloliente y sórdido y, en otras, tierno y sensible - nos sitúa entre el retraso y un disfrazado progreso de un mundo en cambio a velocidad de vértigo, desde el ascenso social a las caídas rotundas
Me fascina el relato del ascenso de la buena gente, una gente real con arañazos morales y dificultades ocasionales de honestidad, como en el fondo somos todos. Tienen lo que muchos otros: contradicciones y sueños y la absoluta suerte de vivir segundas y terceras oportunidades. Su ciclo vital respeta incluso la corrección externa de las vidas de otros que se quedaron sólo en la primera oportunidad, y hasta sin ésa.
Huyo consciente de relatar relatos. Defiendo mi gusto por sobrevolar los pastos y esa distancia se convierte en una excusa para hablar de los verdaderos protagonistas: las gentes que hacen las cosas lo mejor que pueden. Defiendo mi opinión sobre los asuntos en que me fajo para intentar cambiar algunos puntos oscuros que no me convencen. Defiendo esa dosis de ingenuidad que hace que vivamos lo que nos ocurre con una sorpresa permanente. Defiendo que seamos menos adultos, de vez en cuando, para ver los colores definitivos con la madurez genuina de los nenes. Defiendo que es bueno alterar la música que nos ponen, que hay que relativizar lo absoluto y darle ese valor a lo relativo.
Vivir con pasión es un ejercicio aconsejable. Medirse en las pozas calmadas resulta demasiado aburrido. Descender un río de montaña tiene sus riesgos, no lo niego, pero dónde acaban los que lo empiezan: terminan en el mismo remanso que los tranquilos que llegan andando. Pero sonríen más.
Un conocido chamán, o gurú o lo que sea, me ha dicho últimamente que tenga cuidado con lo que sueño, no vaya a ser que lo consiga. No hay enemigo pequeño en esta sociedad discreta. La función del alma radica en su entrega, es esa parte que te toman cuando por primera vez tus hijos te cogen el pulgar.
Se puede sorprender quien lo lea pero confesaré que soy marxista. Como Groucho, que ése es mi marxismo, estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros.
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