Cuando inicié el blog incluí en mis gustos por libros una indefinición tremenda. Señalé que cada época tenía el suyo. O los suyos. Así es. Ayer estuve hablando un rato con la familia y amigos de libros y recordé que últimamente dos de los que más me gustaron tenían puntos en común. Y pensé en contarlo porque tuvieron su tiempo. No son de rabiosa actualidad pero ¿no le serían para mí si los retomara...?
DOS BARCELONAS
Advertí que hablaríamos de libros. Hoy lo haré. Manifiesto que escribo desde el gusto personal por la belleza, sin introducirme en campos literarios que exigirían un análisis más profundo. Por aquello de la belleza, entendida en el sentido clásico: lo bello es lo que visto gusta
Barcelona, una ciudad poderosa que me encanta, ha sido descrita con valentía por muchos buenos autores y ha dado pasajes de viaje mental que me han fascinado. Supongamos que podemos definir una Barcelona que se desafía a sí misma y se vislumbra a través de los personajes que la habitan, ¿cuántas habría?. Desde ese prisma hablemos de dos Barcelonas.
La primera es una que por cercana, aunque histórica, me refiere un tiempo casi actual. Es la de Mendoza en La Ciudad de los Prodigios. Sus personajes, su trama establecida sin complejos, su tiempo - en ocasiones maloliente y sórdido y, en otras, tierno y sensible - nos sitúa entre el retraso y un disfrazado progreso de un mundo en cambio a velocidad de vértigo, desde el ascenso social de Onofre – uno de los mejores nombres de personajes que he leído – que en definitiva supone su destrucción personal sólo salvada por el magnífico final surrealista que lo coloca entre los mejores finales abiertos que hacen que la novela quiera continuar en la cabeza del lector. En la mía continuó y salvó a Bouvila de sí mismo.
La segunda es la reciente opera prima de Falcones, La Catedral del Mar. A mí, que leí emocionado el novelón de Follet sobre la Edad Media, Los pilares de la Tierra, no me importa tanto que sea ésta la versión catalana de Los pilares (como he leído en algunas críticas) o que, como también he visto en otros sitios, no suponga una verdadera novela histórica. La realidad es que me conmovió. Me fascinó el relato del ascenso de la buena gente, una gente real con arañazos morales y dificultades ocasionales de honestidad, como en el fondo somos todos. Arnau Estanyol, otro magnífico nombre de personaje, tiene lo que muchos otros: contradicciones y sueños y la absoluta suerte de vivir segundas y terceras oportunidades. Su ciclo vital respeta incluso la corrección externa de las vidas de otros que se quedaron sólo en la primera oportunidad, y hasta sin ésa.
Os habréis percatado que no cuento nada concreto de ambas novelas, que seguramente ya os arrebataron también, y no es casual. Huyo consciente de relatar relatos. Defiendo mi gusto por dos novelas que hablan de la misma magnífica ciudad que, como en el título de estas líneas, sobrevuela la novela y se convierte en una excusa para hablar de los verdaderos protagonistas: las gentes que hacen las ciudades. Aquí, también ha sido una excusa. Sobre lo que me evocaron, realizo sólo un esquema de lo que al final me sugirieron porque no quiero dirigir ninguna concepción previa sobre las dos novelas.
Ahora, que ya estamos en verano, cuando me cautivaron mirando al mar, en las noches de descanso acompañado del sueño plácido de mis nenas y la sonrisa cómplice de mi compañera, cuando levantaba la vista de su novela, en aquellas terrazas atlánticas abiertas de par en par a la brisa del océano, son una lectura que aconsejo vivamente. Si las hubiera contado, las habría roto. Lo que os evoque, que os pertenezca. Ahí reside la magia de la lectura.
Termino. Si no habéis visitado Barcelona, visitadla. Si no habéis leído La Ciudad de los Prodigios, leedla. Si no habéis leído La Catedral del Mar, hacedlo. Si ya conocéis Barcelona, volved. Y si ya habéis leído estas dos espléndidas novelas, redescubridlas.
Se trataba de una excusa. Dos Barcelonas, dos ascensos, dos finales. ¡Qué placer!
Advertí que hablaríamos de libros. Hoy lo haré. Manifiesto que escribo desde el gusto personal por la belleza, sin introducirme en campos literarios que exigirían un análisis más profundo. Por aquello de la belleza, entendida en el sentido clásico: lo bello es lo que visto gusta
Barcelona, una ciudad poderosa que me encanta, ha sido descrita con valentía por muchos buenos autores y ha dado pasajes de viaje mental que me han fascinado. Supongamos que podemos definir una Barcelona que se desafía a sí misma y se vislumbra a través de los personajes que la habitan, ¿cuántas habría?. Desde ese prisma hablemos de dos Barcelonas.
La primera es una que por cercana, aunque histórica, me refiere un tiempo casi actual. Es la de Mendoza en La Ciudad de los Prodigios. Sus personajes, su trama establecida sin complejos, su tiempo - en ocasiones maloliente y sórdido y, en otras, tierno y sensible - nos sitúa entre el retraso y un disfrazado progreso de un mundo en cambio a velocidad de vértigo, desde el ascenso social de Onofre – uno de los mejores nombres de personajes que he leído – que en definitiva supone su destrucción personal sólo salvada por el magnífico final surrealista que lo coloca entre los mejores finales abiertos que hacen que la novela quiera continuar en la cabeza del lector. En la mía continuó y salvó a Bouvila de sí mismo.
La segunda es la reciente opera prima de Falcones, La Catedral del Mar. A mí, que leí emocionado el novelón de Follet sobre la Edad Media, Los pilares de la Tierra, no me importa tanto que sea ésta la versión catalana de Los pilares (como he leído en algunas críticas) o que, como también he visto en otros sitios, no suponga una verdadera novela histórica. La realidad es que me conmovió. Me fascinó el relato del ascenso de la buena gente, una gente real con arañazos morales y dificultades ocasionales de honestidad, como en el fondo somos todos. Arnau Estanyol, otro magnífico nombre de personaje, tiene lo que muchos otros: contradicciones y sueños y la absoluta suerte de vivir segundas y terceras oportunidades. Su ciclo vital respeta incluso la corrección externa de las vidas de otros que se quedaron sólo en la primera oportunidad, y hasta sin ésa.
Os habréis percatado que no cuento nada concreto de ambas novelas, que seguramente ya os arrebataron también, y no es casual. Huyo consciente de relatar relatos. Defiendo mi gusto por dos novelas que hablan de la misma magnífica ciudad que, como en el título de estas líneas, sobrevuela la novela y se convierte en una excusa para hablar de los verdaderos protagonistas: las gentes que hacen las ciudades. Aquí, también ha sido una excusa. Sobre lo que me evocaron, realizo sólo un esquema de lo que al final me sugirieron porque no quiero dirigir ninguna concepción previa sobre las dos novelas.
Ahora, que ya estamos en verano, cuando me cautivaron mirando al mar, en las noches de descanso acompañado del sueño plácido de mis nenas y la sonrisa cómplice de mi compañera, cuando levantaba la vista de su novela, en aquellas terrazas atlánticas abiertas de par en par a la brisa del océano, son una lectura que aconsejo vivamente. Si las hubiera contado, las habría roto. Lo que os evoque, que os pertenezca. Ahí reside la magia de la lectura.
Termino. Si no habéis visitado Barcelona, visitadla. Si no habéis leído La Ciudad de los Prodigios, leedla. Si no habéis leído La Catedral del Mar, hacedlo. Si ya conocéis Barcelona, volved. Y si ya habéis leído estas dos espléndidas novelas, redescubridlas.
Se trataba de una excusa. Dos Barcelonas, dos ascensos, dos finales. ¡Qué placer!

1 comentario:
me gusta mucho la Catedral del Mar y los Pilares de la Tierra, que lo leí dos veces, no hay nada mejor que el mar, buena compañia y buen libro. La Ciudad de los prodigios no he conseguido terminarlo, lo tengo en tareas pendientes para este verano, en general me gusta tu blog, parece que tienes pocas visitas, pero poco a poco la gente comenzara a apreciar lo bueno,animo prometo visitarte amenudo, si no se enfada tu compañera, un beso Ricardo
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