Tiempo de cambio
Manuel Chaves forma parte de la Historia de Andalucía y, sin lugar a dudas, ocupará un relevante lugar en las páginas que se escriban sobre la democracia española.
Los gobiernos presididos por Chaves en Andalucía, continuación de otros anteriores, con las mismas ideas que han consolidado el cambio andaluz desde que conquistamos la democracia y arropados mayoritariamente por el electorado, elección tras elección, han trazado una impronta de desarrollo político, económico y social que constituye el camino que tenemos que seguir. La Andalucía que hemos construido entre todos se ha convertido en una pasión política y ese motor ha de convertirse en un modo de actuar constante y permanente que dirija todos los impulsos políticos, nuestras fortalezas como país, hacia una aspiración concreta: hacer siempre más, llegar siempre más lejos, en el progreso de Andalucía, para el desarrollo y el crecimiento de las personas de esta tierra.
El presidente Chaves es una referencia en esta idea compartida con millones de andaluces. Con independencia de la confrontación política, no es objetable que ha sido el presidente de todos los andaluces durante diecinueve años, y en ese período se ha transformado la realidad de Andalucía bajo el liderazgo de sus gobiernos. Es un hecho incontestable que la Andalucía que encontró cuando entró a presidir el gobierno de la III Legislatura democrática en 1990 era distinta a la que es hoy. El esfuerzo de los gobiernos dirigidos por Placido Fernández Viagas, Rafael Escuredo y José Rodríguez de la Borbolla habían iniciado la andadura hacia el orgullo de ser y sentirse andaluz pero han sido los años de los gobiernos que ha presidido los que han situado a Andalucía en el marco estable de desarrollo permanente que siempre hemos ambicionado y que tan poco habíamos disfrutado.
La Andalucía que ha dejado de presidir es una comunidad que comparte problemas comunes con el resto de España y comparte también aspiraciones comunes pero además lidera al país en posiciones estratégicas para el desarrollo de nuestra sociedad. Esta Andalucía actual es la que ha surgido del cambio más profundo en nivel de desarrollo que se haya producido jamás en nuestra historia.
En estos tiempos de dificultad, donde lo políticamente correcto se camufla en la decisión –siempre objetiva e imparcial – de atacar al gobierno –tanto mejor, cuanto menos conservador -, valoro el esfuerzo realizado por Andalucía, disfruto y admiro el progreso alcanzado y comparto la idea, que es vocación, de seguir avanzando. Sin complejos y con orgullo.
viernes, 22 de mayo de 2009
DOS ALMAS
Dos almas
¿Cómo se supera el hecho de no creer y vivir esta semana en medio de una marea de pasos, tronos, costaleros, cargadores, nazarenos, penitentes y guiones de procesión repletos de autoridades civiles? ¿Cómo se sostiene la postura ideológica de defender una separación Iglesia-Estado y se consiente el hecho de observar, aplausos incluidos, al Ejército del país, a su Cuerpo de Policía, a la Guardia Civil, a la mismísima Legión, armados con fusiles y pistolas, guardando a quien, para muchos, es paradigma de paz y amor?
Este país, tan complejo y exagerado, tiene dos almas. Una es un ser civil, que paga sus impuestos e hipoteca, con las mismas dificultades que el resto de mortales. Es una persona con los problemas que todos sufrimos con diferente intensidad. Es la que trabaja y decide su futuro con una mentalidad razonablemente abierta. Es la persona que no tiene prejuicios cuando defiende, aun sin afirmarse, la libertad individual como regla básica de funcionamiento social y de relación pública. Es la persona que participa, sin mayor preocupación, en un resumen de tópicos religiosos, convenidos por repetición, sin más consideración que el folclor del momento.
Este ser civil convive con otro, cuya práctica católica es idéntica a la nada pero que convierte esta semana en un campamento de buenas intenciones, aromatizadas con incienso y boato. La religiosidad popular, eufemismo de esta carencia, sustituye a la religión y, al tiempo, procura una defensa encendida de los valores que se encierran en la fe que no se trabaja, ni se vive, ni se defiende el resto del año.
Pedro, al que he conocido, es genuino. Sale en cuatro procesiones. En una, carga. En otra, desfila como nazareno. En la tercera, viste de traje enlutado, portando la urna del Santo Entierro. La cuarta disfruta de su acompañamiento en Protección Civil. Pedro tiene más de treinta años y todavía no sabe leer bien. Cuando le pregunté por qué lo hacía me contestó dos cosas: que lo hacía por el Señor y que lo buscara por su lado izquierdo, que – al vernos – levantaría el pulgar, haciendo una seña para saludarnos. Tiene síndrome de Down.
Una creyente distinta me ha descubierto que el alma que hará de esta semana, llena de oro, de riqueza y de impostura, consciente o consentida, una que sea santa (entre cincuenta y dos), es que Pedro siga aprendiendo a leer. Corriendo el riesgo de que una de sus almas sepa negar, evitaremos que las dos se pierdan en la mentira. En esto creo.
¿Cómo se supera el hecho de no creer y vivir esta semana en medio de una marea de pasos, tronos, costaleros, cargadores, nazarenos, penitentes y guiones de procesión repletos de autoridades civiles? ¿Cómo se sostiene la postura ideológica de defender una separación Iglesia-Estado y se consiente el hecho de observar, aplausos incluidos, al Ejército del país, a su Cuerpo de Policía, a la Guardia Civil, a la mismísima Legión, armados con fusiles y pistolas, guardando a quien, para muchos, es paradigma de paz y amor?
Este país, tan complejo y exagerado, tiene dos almas. Una es un ser civil, que paga sus impuestos e hipoteca, con las mismas dificultades que el resto de mortales. Es una persona con los problemas que todos sufrimos con diferente intensidad. Es la que trabaja y decide su futuro con una mentalidad razonablemente abierta. Es la persona que no tiene prejuicios cuando defiende, aun sin afirmarse, la libertad individual como regla básica de funcionamiento social y de relación pública. Es la persona que participa, sin mayor preocupación, en un resumen de tópicos religiosos, convenidos por repetición, sin más consideración que el folclor del momento.
Este ser civil convive con otro, cuya práctica católica es idéntica a la nada pero que convierte esta semana en un campamento de buenas intenciones, aromatizadas con incienso y boato. La religiosidad popular, eufemismo de esta carencia, sustituye a la religión y, al tiempo, procura una defensa encendida de los valores que se encierran en la fe que no se trabaja, ni se vive, ni se defiende el resto del año.
Pedro, al que he conocido, es genuino. Sale en cuatro procesiones. En una, carga. En otra, desfila como nazareno. En la tercera, viste de traje enlutado, portando la urna del Santo Entierro. La cuarta disfruta de su acompañamiento en Protección Civil. Pedro tiene más de treinta años y todavía no sabe leer bien. Cuando le pregunté por qué lo hacía me contestó dos cosas: que lo hacía por el Señor y que lo buscara por su lado izquierdo, que – al vernos – levantaría el pulgar, haciendo una seña para saludarnos. Tiene síndrome de Down.
Una creyente distinta me ha descubierto que el alma que hará de esta semana, llena de oro, de riqueza y de impostura, consciente o consentida, una que sea santa (entre cincuenta y dos), es que Pedro siga aprendiendo a leer. Corriendo el riesgo de que una de sus almas sepa negar, evitaremos que las dos se pierdan en la mentira. En esto creo.
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martes, 7 de abril de 2009
POLÍTICA DE GRAN CIUDAD
Política de gran ciudad
Cumplimos treinta años de democracia local. El balance es positivo pero ahora se trata de situarnos frente al futuro con ambición. Nos debe preocupar lo que hemos de compartir en las próximos tres décadas.
Qué queremos ser. Ésa es una cuestión capital. Somos una gran ciudad. No quiero renunciar a los beneficios que comporta asumir esa condición. Estoy dispuesto a soportar los inconvenientes que ese sistema de vida pública tenga y ambiciono con ilusión una actitud común de creerse y sentirse gran ciudad. No es sólo la voluntad política la que consegurirá jugar ese rol, sino la conquista de una conciencia común y un propósito colectivo que contagie a toda la ciudadanía en ese empeño. Es momento de realizar una apuesta tenaz para lograrlo.
Para solucionar nuestros problemas estructurales necesitamos que Córdoba encuentre su modelo de futuro. Es urgente explicitar de manera contundente el proyecto que existe. Es imprescindible comunicarlo con éxito para que pueda percibirse como una ventaja compartida e impedir que la alternativa ausente convierta su opción en una especie de tabla de salvación, que no es tal. Si el gobierno no lo hace, porque se afane en la gestión, la nadería jugará con la necesidad de las personas: la apatía social, convertida en frustración y estampada contra las instituciones. Ese caldo de cultivo cocinaría una ciudad de caminar titubeante y se echaría en falta ambición. Tenemos la obligación de ampliar las miras hacia un propósito mayor. Es vital que demos respuesta al tipo de ciudad que queremos ser dentro de diez años.
Sé que muchas personas trabajan para obtener soluciones que satisfagan los problemas cotidianos; sé también que invierten tiempo y prodigan esfuerzos para alcanzar cotas más altas de prosperidad con una visión estratégica. Podrá pensarse que nada es bastante, como si todo fuera lo mismo y nada importara. Sin ser cierto, no es admisible abonar esa percepción con ejemplos públicos de indolencia, que restan credibilidad a la tarea necesaria de convulsionar esta ciudad, ni con la utilización de las dificultades reales de las personas para erosionar las instituciones que nos hemos dado, porque envilecen la dignidad de la representación que ostentan.
Este país forjó hace treinta años gobiernos locales democráticos que convirtieron una sociedad apaleada en una referencia mundial de progreso pacífico. De la nada, conseguimos mucho. De este mucho, no podemos desperdiciar nada.
Cumplimos treinta años de democracia local. El balance es positivo pero ahora se trata de situarnos frente al futuro con ambición. Nos debe preocupar lo que hemos de compartir en las próximos tres décadas.
Qué queremos ser. Ésa es una cuestión capital. Somos una gran ciudad. No quiero renunciar a los beneficios que comporta asumir esa condición. Estoy dispuesto a soportar los inconvenientes que ese sistema de vida pública tenga y ambiciono con ilusión una actitud común de creerse y sentirse gran ciudad. No es sólo la voluntad política la que consegurirá jugar ese rol, sino la conquista de una conciencia común y un propósito colectivo que contagie a toda la ciudadanía en ese empeño. Es momento de realizar una apuesta tenaz para lograrlo.
Para solucionar nuestros problemas estructurales necesitamos que Córdoba encuentre su modelo de futuro. Es urgente explicitar de manera contundente el proyecto que existe. Es imprescindible comunicarlo con éxito para que pueda percibirse como una ventaja compartida e impedir que la alternativa ausente convierta su opción en una especie de tabla de salvación, que no es tal. Si el gobierno no lo hace, porque se afane en la gestión, la nadería jugará con la necesidad de las personas: la apatía social, convertida en frustración y estampada contra las instituciones. Ese caldo de cultivo cocinaría una ciudad de caminar titubeante y se echaría en falta ambición. Tenemos la obligación de ampliar las miras hacia un propósito mayor. Es vital que demos respuesta al tipo de ciudad que queremos ser dentro de diez años.
Sé que muchas personas trabajan para obtener soluciones que satisfagan los problemas cotidianos; sé también que invierten tiempo y prodigan esfuerzos para alcanzar cotas más altas de prosperidad con una visión estratégica. Podrá pensarse que nada es bastante, como si todo fuera lo mismo y nada importara. Sin ser cierto, no es admisible abonar esa percepción con ejemplos públicos de indolencia, que restan credibilidad a la tarea necesaria de convulsionar esta ciudad, ni con la utilización de las dificultades reales de las personas para erosionar las instituciones que nos hemos dado, porque envilecen la dignidad de la representación que ostentan.
Este país forjó hace treinta años gobiernos locales democráticos que convirtieron una sociedad apaleada en una referencia mundial de progreso pacífico. De la nada, conseguimos mucho. De este mucho, no podemos desperdiciar nada.
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